El karma maldito de Ranciere
Cuando comenzamos el proceso de producción del presente número, uno de los primeros insumos a los que acudimos fue al capítulo “Política y policía” del amigo Ranciere. El número anterior de Eskalera contaba con una polémica alrededor del texto El Espectador Emancipado que terminó deviniendo desgrabado-de-discusión. Habiéndole dado vueltas y vueltas no habíamos podido consensuar una lectura política unificada sobre el mismo: el hecho de localizar al espectador como productor de sentido en el momento de la interpretación nos hacía pendular entre una lectura radical que actualizaba la democratización del sentido, y otra reformista donde las formas de producción artísticas se mantenían incólumes. Las reuniones pasaban y el karma rancieriano aparecía a cada instante. Era preciso exorcizarlo y la única forma que habíamos encontrado era poniendo en puesta los no-acuerdos (que, además, siempre venían en formato discusión/excitación).
Pues bien, no ocurrió otra cosa cuando este año nos topamos nuevamente con el Jacques. Nos había interesado trabajar su concepto de policía, puesto que en el inicio esta sería un número problematizador de la seguridad y el aparato represivo. Su concepto de policía nominaba, de esta forma, aquello que usualmente suele entenderse por política: la organización/ordenamiento institucional de lo dado en tanto lógica. Por otra parte, el concepto de lógica política lo especificaba como el momento de emergencia de una igualdad negada por el orden existente, la emergencia de los sin parte como parlantes iguales. Hasta acá todo era bonito y consensuadamente radical. El hecho de que el orden (por tanto el Estado también) fuera considerado de primeras como policía nos gustaba, ¡claramente!
Sin embargo, y como nos había sucedido el año pasado cual efecto deja-vú, la puesta en práctica de los conceptos se tornaron problemáticas, con discusiones eternamente recurrentes, kármicas. El nudo del conflicto aparecía frente a la utilización de los conceptos en los casos concretos que nos interesaban pero, sobre todo, en la relación que se establecía entre las lógicas policiales y las lógicas políticas. Nuevamente, ¿Ranciere nos daba herramientas para un pensamiento democrático radical o nos daba todo el reposo y la tranquilidad de un pensamiento reformista? Para nosotras, que las discusiones teóricas siempre implican una praxis política (la nuestra misma, el mismo instante de producción), esto no nos era indiferente.
Lo que nos tenía como perros corriendo su cola eran dos posibilidades dentro del texto que las diferentes eskaléricas le iban encontrando: por un lado, algunas decían que al nominar como policía al orden, Ranciere estaría haciendo un énfasis en las emergencias de igualdad como lo antagónico de cualquier tipo de ordenamiento. En este marco de las instituciones del orden podíamos así colocar al Estado, evidenciando que éste jamás podría ser un actor igualitarista o emancipatorio de por sí, es decir, un actor político.
Simultáneamente, teníamos como insumo previo al Benjamin que plantea que demandar derechos es demandar más Estado, fortaleciéndolo en su legitimidad, lo cual a su vez legitimaba su carácter represivo como contra-cara de la misma institución. Entre ambos insumos, el planteo de las luchas por el reconocimiento podían (incluso debían) correrse de la interpelación al Estado para prefigurarse en otros dispositivos políticos.
En la esquina de enfrente, algunas eskaléricas postulaban que en realidad las categorías rancierianas terminaban legitimando el hecho de que siempre y permanentemente está presente la lógica policial y que el momento político queda prescrito tan solo como eso: un momento. Por lo cual, una lectura que también se abriría desde este lugar sería algo así como si la política funcionara como un corrector de la lógica policial, o como si debiéramos proyectar las acciones políticas hacia su enraizamiento en el orden policial, modificándolo.
Incluso más interesante pareciera el “efecto Ranciere” si decimos que aquellas eskaléricas que planteaban al Espectador Emancipado como una propuesta reformista ahora veían en “política y policía” una propuesta radical, y viceversa. Pues, ¿quién es el esquizofrénico, las eskaléricas o el mismo Jacques? ¿O acaso es que se trata de una propuesta de producción teórica con un nivel de abstracción y apertura que permite múltiples interpretaciones sobre sí sin dejar al intérprete con la certeza de que ha arribado alguna vez a aquella verdadera? ¿Acaso allí se encuentra lo democrático de una forma de producción teórica que lejos se encuentra de los programas políticos y más se acerca a la creación del acontecimiento?
Cuando quisimos utilizar las categorías como insumo colectivo para interpretar lo sucedido en el 2001 y hasta la actualidad, éstas dificultades se tornaron problemáticas, puesto que planteaban resultados un tanto incompatibles. Tal vez fuera más que un problema teórico. Tal vez se trataba de que la burbuja eskalérica comenzaba a ser permeada por la mismísima re-legitimación del Estado que estábamos pensando crítica y acongojadamente. O tal vez no, tal vez era solo que este tipo nunca pensó en una praxis y escribió todas estas incoherencias por carencia de participación política. ¡Vaya una a saber!
Sin embargo, no podemos quejarnos tanto. Todas esas preguntas que catalizó este autor, en tanto insumo, nos sirvieron para hacer rolar cantidad de ideas y contra-ideas, propuestas, alternativas. En este número probablemente encuentre restos de cada discusión, cerrada o no. Tal vez, tan solo sea esa su potencia.
En los parciales responda con preguntas.
Y cuando lea este tipo de sujetos, recuerde también cerrar la interpretación con más preguntas de las que tenía al comienzo.